PENSANDO EN LOS DEMÁS

En mi opinión, este vídeo no puede dejar impasible a nadie. Se trata de la importancia que tienen los sentimientos y las emociones en la vida del ser humano, algo que tan en desuso está actualmente. Es impresionante ver cómo unos niños de apenas 10 años aprenden. Aprender no en el sentido de acumular conocimientos, sino en otro del cual no somos conscientes, y que yo llamo aprendizaje a través de la experiencia de un maestro, aprendizaje vital, aprender de la propia vida, de las propias experiencias, de lo que se queda grabado en nuestra memoria procedimental en tanto que manera en cómo hemos de relacionarnos y afrontar las vicisitudes que la vida nos presente.

Me ha hecho pensar mucho. Solamente tenemos una vida, y nos están bombardeando constantemente con historias sobre lo que debemos evitar, sobre lo que nos resulta perjudicial y lo que debemos hacer para desarrollarnos y alcanzar un lugar en esta sociedad que nos provea de status. Pero no nos han enseñado a vivir, a ser felices y cómo hacerlo. Vivir es un arte, y como tal ha de cultivarse, aprenderse y mejorarse con el tiempo. Y la manera más eficaz de hacerlo es a través de lo que nos caracteriza del resto de especies, de aquello que nos hace diferentes, de lo que nos otorga nuestra calidad de humanos. Las emociones y la manera de gestionarlas son importantísimas en este arte de la vida. Crear vínculos con las personas que nos rodean, ser capaces de empatizar con alguien de nuestra propia especie en cada una de sus acciones nos ayudaría a tener un concepto diferente de lo que debemos hacer y de cómo lo debemos hacer. Comprender, y digo bien, comprender, que formamos parte de un sistema mayor al que conocemos, que la existencia no se limita solamente a nuestro entorno más inmediato, que lo que afecta al otro nos afecta directamente a nosotros mismos, que, como dijo el profesor Kanamori, “si una persona no es feliz, no lo podemos ser el resto”, es una cuestión que no está muy tratada en nuestra sociedad. No existe autenticidad, congruencia; funcionamos a golpes, por modas, proyectando al exterior con demasiada facilidad una falsa solidaridad que más bien parece el guion de una película impuesta por el sentimiento social de “lo que toca hacer”, dentro de ideas delirantes de grandiosidad y de afán de reconocimiento de nuestra propia imagen de bondad. Es decir, no somos, no podemos ser porque no nos han enseñado cómo serlo. Me pregunto si podríamos hacerlo algún día. Si podríamos ampliar ese sentimiento común, crear esos vínculos con todos los que nos rodearan, y cómo sería. Es un trabajo arduo y difícil. La base son nuestros niños, las escuelas. Y para eso habría que preparar a personas que ya están sesgadas, que ya “no son”, y los que tal vez sí lo sean no podrían dedicarse plenamente a esa educación. No lo sé, me parece una utopía. Pero es bonito sentirla, es lindo emocionarse con casos como los de esta escuela y este profesor japonés.

Mientras veía el vídeo, sentí un torrente de emociones. Sorpresa, admiración, ternura, tristeza, dolor, alegría, esperanza… Más impresionante aun me pareció la manera en cómo estos niños nos daban verdaderas lecciones de comportamiento, de logro, de superación, de empatía, de sentimiento de grupo, de solidaridad y apoyo incondicional, de esfuerzo. Lo que vulgarmente se diría, ¡¡¡UNA PASADA!!! Me hizo reflexionar sobre mis propias carencias y defectos. Y lo peor, darme cuenta de que he pasado años rodeado de personas con las cuales no me siento ligado, que son auténticos desconocidos para mí. Tal vez para justificarlo, pienso en mi edad, en la diferencia generacional. Pero esto no me vale, porque existen excepciones. Yo también tengo un grupo, reducido es verdad, de personas a las que les he mostrado y me han mostrado parte de su intimidad, con las que me siento más unido. Pero no acabo ver y tener, no me acabo de convencer de que en nuestro grupo exista esta unidad, esta empatía. Tal vez nos miramos demasiado al ombligo y nos preocupamos excesivamente por los resultados que debemos obtener y por lo que esto pueda significar en nuestro futuro, y nos olvidamos un poco de las relaciones y los vínculos con los demás. Pero por otro lado pienso, ¿y qué podemos hacer? ¿tenemos alternativa?. Por desgracia las experiencias anteriores en mi vida no han sido muy positivas en este sentido. He visto y padecido en mi propia persona más de una vez aquello que conocemos como rebelión, que no revolución, y al final el intento de mejora y cambio ha quedado en nada, en una persona perjudicada a la que se le hace daño y un grupo que en principio apoyaba, convencido y resignado que sigue adelante en mejores condiciones.

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