CÓMO RELACIONARNOS CON EL NARCISISMO

Este no es un libro de autoayudael-clavo-ardiendo

ESTRUCTURA NARCISISTA Y AFECTOPATOLOGÍAS

En las últimas décadas la sociedad en la que vivimos se ha preocupado más por valores de tipo material que por otros de índole más personal o social. En este sentido, la imagen prevalece por encima de todo lo demás, no solamente en lo referente al aspecto físico, sino al reconocimiento de cierto estatus a través de posesiones, tanto en cantidad como en el valor de éstas, que nos doten de sensación de poder ante todo y ante todos los que nos rodean. Estamos inmersos en una cultura que está más centrada por lo que sucede afuera que en el interior del individuo, donde importa más el hacer que el ser, en la cual se alcanza cierta erotización del éxito económico, del sexo y de la fama.

Esto también afecta en la manera que tienen los padres de tratar y educar a los hijos de hoy en día. Dada la vorágine competitiva actual, en ocasiones la manera en que se relacionan con sus vástagos no es del todo completa, o bien carece de la intensidad requerida por los pequeños, los cuales pueden percibir que no son atendidos como desearían, y aprenden una forma de relacionarse y de concebirse que en ocasiones puede desencadenar un tipo de problemas relacionales alcanzada la adolescencia y la juventud temprana. Este tipo de dinámicas relacionales están directamente vinculadas con lo que el Dr. Luis Raimundo Guerra-Cid denominó afectopatologías. 

Entendemos por afectopatología un “desajuste severo en la gestión de las emociones así como una distorsión en la valoración de dónde (en qué tipo de personas) y para qué (qué tipo de fin se persigue) se emplean los recursos energéticos, tanto físicos como psíquicos” (Guerra Cid, 2006, p.159). Una mala manera de tramitar estos recursos tiene consecuencias muy negativas en lo que se refiere a las relaciones de tipo intrapersonales, así como a las interpersonales.

En el caso del narcisismo, el origen de la afectopatología lo encontramos en la infancia más temprana. Según Kohut “los individuos narcisísticamente perturbados tienen una detección en el desarrollo en un estadio en donde requieren respuestas específicas de las personas en su ambiente para mantener la cohesión del Self” (Gabbard, 2009,  p.512). Así la ausencia de empatía (incomprensión, insensibilidad, carencia de ternura, etc…) de los padres hacia el hijo, produce un daño en el Self del bebé/niño que ocasiona una ruptura en su desarrollo personal, reduciendo del mismo modo su expansión vital y emocional. El niño ve reducidas sus capacidades de sentir y de tener relaciones con los demás de manera sana y adecuada.  La base principal para que esto ocurra la encontramos principalmente en una relación mala y deficitaria entre la madre y el hijo. Es en esta primera fase de la vida cuando se va a gestar y desarrollar la forma en que se aprenderá cómo han de ser las posteriores relaciones íntimas. Por ejemplo, si un bebé/niño hace un gesto espontáneo hacia la madre y ella no le corresponde o lo hace inadecuadamente, lo vivirá como un ataque de su madre. Si esta circunstancia se repite dará lugar a un clima de desconfianza hacia la madre. Para defenderse, el bebé/niño que se siente herido y no puede expresar su dolor se retraerá primeramente, y si dicha agresión persiste se acorazará, convirtiéndose con el tiempo en negación de los sentimientos por parte del niño. La consecuencia de dicha alienación del propio Self en función del de los progenitores es que el niño pierde su propia vida interior y en cierto modo, se deshumaniza.

Una de las manifestaciones de la estructura narcisista en la edad adulta es la dificultad en entablar relaciones íntimas y estables. El adulto narcisista tiene grandes dificultades en experimentar a los demás como personas. En este sentido, no reconocen las emociones y los sentimientos de los otros, centrándose principalmente en su propia manera de interpretar la vida. Para el narcisista la prioridad de su vida es él mismo, nada ni nadie vale la pena de considerar. Su preocupación es la inflación de su yo y el reforzamiento de un Self grandioso. Estas personas son incapaces de amar. Sus relaciones interpersonales carecen de empatía y preocupación por los sentimientos de los demás. No tienen ningún interés por las ideas de los otros, no reconocen sus propias contribuciones a los conflictos, no toleran la ambivalencia en las relaciones a largo plazo. Poco después de la magnificencia inicial, comienza a desgastarse la relación. Lo que en un principio fue idealización se convierte ahora en desvalorización, aburrimiento, desgana, y así incurren en la búsqueda de nuevas compañías con quienes satisfacer su necesidad de admiración, afirmación, amor incondicional, sintonización perfecta.

El narcisista es un ser egocentrista, lo cual le impide descentrarse, motivo por el que se muestra tan distante. Está tan enamorado de sí mismo que no puede dedicarse a otra persona. Dentro de su delirio de grandiosidad, no dudará en manipular a la persona que tenga a su lado siempre en su propio beneficio: el resto del mundo está aquí para servirle y ayudarle a alcanzar sus metas, puesto que se siente infinitamente superior a los demás. Pero detrás de esta grandiosidad que muestra tan abiertamente, por lo general se esconde una compensación de complejos de inferioridad adquiridos durante la infancia. Así mismo necesita ser admirado incondicional y continuamente. Esta admiración se convierte en una exigencia afectiva, no es algo que pudiera considerar secundario o prescindible en su relación.

Sin embargo, el narcisista necesita tanto la admiración y aprobación de su pareja como del resto de personas que le rodeen en cada momento; de esta manera, si alguien le hiciera sombra en alguna ocasión, el sentimiento que le produciría sería una fuerte envidia por sentirse apartado, eclipsado, no correspondido o simplemente, por haber perdido el protagonismo. Esta es otra de las características de los narcisistas: están corroídos por la envidia. En una relación sana de amor, esto no debería ocurrir, no tiene cabida en la comprensión normal del ser humano que una persona tenga envidia de alguien, mucho menos si ese alguien es a quien se ama. Amor y envidia son dos términos diametralmente opuestos. El narcisista no tiene capacidad de amar.

Encadenado a esto último encontramos otra de las características de las relaciones del narcisista: no admite las críticas. Y en el caso de las relaciones de pareja, sentirse criticado es señal de que no se le ama. Esta reacción es producto de la muralla que el narcisista creó durante su infancia para defenderse de los ataques maternos, lo que nos indica la baja autoestima y el pobre reconocimiento de sí mismo, de su Self verdadero, que sufren este tipo de personas. 

Para alcanzar un buen vínculo afectivo, libre de cualquier tipo de afectopatologías, la persona debe mostrarse abierta a la realidad del otro y tratar de comprenderlo en su totalidad, en su integridad. Si en una relación predomina el egoísmo no existirá amor; una persona que sólo piense en ella y que quiera sentirse el centro del mundo no se comunicará con su par, fallando así una de las bases principales de una relación de pareja sana y aconsejable.

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