EL SUICIDIO

En todo ser humano existe un instinto de conservación que se opone naturalmente a la idea de darse a sí mismo la muerte. Además, la autodestrucción es un acto que la sociedad ve como muy anormal, no está bien aceptado por ésta.

Podríamos encontrar diferentes formas de entender el suicidio. Así, se ha dado el caso de monjes budistas que se han inmolado en un lugar público como reivindicación social; también lo encontramos como tradición en culturas como la japonesa, sonde el seppuku o harakiri es una forma de compensar un fracaso deshonroso.

Hay personas que padecen cierto tipo de neurosis que suelen hablar con frecuencia del suicidio. Si bien no se debe tomar siempre al pie de la letra cierto tipo de chantaje, sí que hay que inquietarse ante sus amenazas, y nunca tomarlas a la ligera, pues podría entenderlo como una provocación por nuestra parte.

Al hablar de suicidio, lo hacemos de una persona que ha llegado a una situación de desesperación tan grande que su vida ha dejado de tener sentido. Ya no vale la pena vivir más. Cuando se hacen estudios a cerca del suicidio, se descubre que casi siempre existe un motivo. Lo cierto es que dichos motivos, analizados desde fuera de la situación, se contemplan siempre como injustificados. Es imposible encontrar una razón que lo justifique. Tal es así, que la sociedad no contempla la posibilidad de ayudar a empujar a alguien cuando le falta la valentía para dar ese último paso. Más bien se enfoca como que la persona que lo solicita está necesitada de ayuda. La idea de suicidarse es considerada como un error de enfoque de la situación problemática, como una pérdida de toda esperanza, que es irreal, puesto que la vida siempre puede ofrecer otra oportunidad. No así la muerte. Esto es lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos de pérdida de todo sentido de la vida, donde la persona se ha instalado en un insondable vacío existencial. Ha cambiado el mundo exterior real por uno interior totalmente ficticio en el cual no se puede seguir viviendo.

Esto es muy común en la sociedad occidental actual, la cual dispone cantidades ingentes de bienes materiales y sin embargo no sabe qué hacer para disfrutar de la vida, para ser feliz. Una forma de comenzar una autoagresión socialmente aceptada es a través del tabaco y del alcohol, acabando por evadirse de toda realidad a través de otros tipos de drogas.

El suicida solamente ve su problema, sólo se mira a sí mismo. Pierde la capacidad de reconocer en las personas que le rodean, en el resto de la sociedad, a otros seres que tienen sus propias necesidades y problemas, abocándose de manera vertiginosa hacia su propio fracaso. En ocasiones un paso previo es el intento de suicidio, buscando en esta solución tan arriesgada llamar la atención de quien le rodee, sin una verdadera intención de culminar, tratando así de recuperar la sensación de que realmente le importa a alguien, que su vida tiene algún valor para otra persona.

Pero quien decide suicidarse realmente no intenta siquiera avisar. Los demás ya no existen para él. Su mundo se ve limitado a su desesperación y sensación de soledad. Y es aquí precisamente donde se puede incidir para tratar de evitar que se consume el suicidio, tendiéndole a la persona una mano comprometida y veraz que le ayude a salir de ese pozo. A pesar de todo existen situaciones que se antojan peores que la propia muerte, luego no basta solamente con impedir un suicidio. Este sería tan solo el primer paso a dar, no se puede abandonar a su suerte a la persona.

De alguna manera, el suicidio cumplido puede ser comprendido como un fracaso de toda la sociedad, puesto que ha sido incapaz de responder con sus medios a las necesidades de la persona, la cual ha entrado en un callejón sin salida. Esta es una de las significaciones del silencio social con que se finge ignorar el suicidio en nombre de la estructura dominante de los individuos o, por el contrario, valorarlo en nombre del derecho a morir con dignidad. En este contexto, el suicidio será considerado o bien como un acto heroico (“Hay que tener mucho valor para suicidarse”) o bien como una decisión que concierne exclusivamente a la persona en cuestión, sobre la cual los demás no tienen nada que decir. Esto hace cuestionarse si la sociedad está más dispuesta a admitir el abandono irreparable de algunos de sus miembros que a buscar la manera de mantener con ellos una relación que les permita continuar viviendo. La responsabilidad del entorno en el suicidio de una persona resulta difícil de definir, y sobre todo de considerar como causa primera. A pesar de todo, el suicidio del otro siempre nos concierne, porque con su conducta nos está dando el mensaje de que nuestras relaciones sociales se están deteriorando y disolviendo. El gesto suicida siempre es fruto de un impulso irracional irresistible o de una decisión tomada por una personalidad concreta convencida de que ésta es la solución a todos sus males.

La significación psicológica del suicidio puede depender de múltiples razones. El gesto suicida responde a un fallo el proceso de interiorización. La persona ya no es capaz de reflexionar sobre sí misma y transformar lo que acontece en sus mociones psíquicas. Se produce una pérdida de contacto consigo mismo, así como una confusión entre lo imaginario y lo real. Visto desde el exterior, podemos encontrar diferentes tendencias.

  • La huida. El individuo trata de escapar de una situación que le resulta insoportable. La solución que adopta es la de desaparecer, a fin de despojarse de la realidad. La huída se convierte para él en una solución inevitable, difícil de comprender para los que le rodean. Una vez que ha tomado su decisión, experimenta un sentimiento de sosiego y serenidad que hará que las personas que le rodeen se equivoquen y aflojen su atención sobre él.
  • El duelo. La persona para la que el mundo es algo vacío y falto de interés no consigue darle sentido a las realidades de su entorno, que parecen escapársele. La noción de la pérdida aparece constantemente en su lenguaje, pues la persona tiene la sensación de haber perdido un aspecto de sí misma y de no poder aceptar determinadas rupturas.
  • El castigo. Lo constituye el hecho de atentar contra la propia vida para expiar una falta que puede ser real o imaginaria. El descrédito de uno mismo expresa una culpabilidad ante la simple idea de manifestar un deseo, de no tener derecho a ello y de ser incapaz de realizar sus propias elaboraciones porque se avergüenza de sí mismo.
  • El crimen. Consiste en atentar contra la propia vida arrastrando al otro a la muerte. Va unido a un odio incontrolable dirigido hacia los demás y hacia sí mismo. Cabría esperar tres tipos de actitudes: matar y luego suicidarse, matar para ser matado o destruirse a sí mismo y a los demás al mismo tiempo.
  • La venganza. Va dirigida contra las personas del entorno público o privado. Consiste en atentar contra la propia vida, o amenazar con hacerlo, para poner al otro en una situación dolorosa que le haga lamentar la pérdida, ocasionándole remordimientos. Es una manera de castigo, de hacer un daño lo más profundo posible.
  • El chantaje. Más aún que la venganza, es una conducta absolutamente irracional, puesto que se trata de una medida de presión para obtener algo del otro, que para poder disfrutarla es necesario mantenerse con vida.
  • La llamada. Consiste en una petición de ayuda emitida por un ser que desea vivir, pero que no sabe cómo hacerlo. Es el más frecuente entre los jóvenes frustrados en sus expectativas, y guarda relación con:
    • La evolución de la familia y de las relaciones poco firmes entre sus miembros.
    • El clima de violencia que se instaura actualmente y que es aprendido por diversos medios para obtener la satisfacción inmediata de los propios deseos.

Las diferentes formas de referencia con las que los jóvenes crecen van dejando de lado la transmisión de socialización, haciendo caducos valores como la transmisión de las tradiciones seculares, el sentido de las relaciones, las creencias y los saberes. Como consecuencia, aparece en nosotros un sentimiento de impotencia que conforma el modelo contemporáneo de suicidio por desesperanza, que revela la incapacidad de establecer vínculos con uno mismo y con los demás. De hecho, actualmente la sensación es de encontrarnos en un momento en el que es más frecuente la ruptura de vínculos (divorcio, relaciones afectivas o sexuales transitorias, paro, inmigración, conflictos étnicos…) que buscar aquello que nos une como humanos, como especie.

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